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El faro de la gloria Ana A. Millás Mascarós
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una vez un grupo de centinelas de las palabras que conformaban la "TVAT"
(Tabla Valedera de Autores Teatrales) cuyas espadas eran sus poderosas plumas
estilográficas y sus pendones ondeaban gloriosos al viento con el
aliento de sus almas. Su lema era claro y conciso "Valer, ser firme
y persistente". Eran estos unos personajes singulares, pues cifraban
gran parte de sus vidas en transmitir y dar a conocer a sus congéneres
algo que para ellos resultaba fundamental salvaguardar y engrandecer, incluso
a costa de muchos sacrificios: el noble arte de las diosas "Talia y
Melpómene". Antes que ellos otros habían ostentado la
misma pesada carga. Y así, a través de los siglos, "El
Teatro" había perdurado, transmitiendo de generación
en generación las obras que estos, y antes otros, aguerridos centinelas
producían.
Durante los postreros años del siglo XX las cosas comenzaron a empeorar. Los grandes señores del reino donde habitaban, el sin par Valentia, los encargados de procurarles ayuda financiera para proseguir con su ardua tarea, poco a poco, dejaron de ampararles como antaño, cediéndoles tan sólo unas pocas migajas del enorme pastel presupuestario del que ellos eran los encargados de distribuir. Así, de este modo, mientras otros colegas también dedicados al servicio de la Cultura eran favorecidos en mayor medida, ellos debieron conformarse con una mísera limosna, con la que tan sólo consiguieron resistir, a costa de mermar la recopilación de sus tareas en algún volumen con el que obsequiar a sus incondicionales. Avanzaba el final del siglo y del milenio y las cosas no mejoraban. Decididos a emprender una nueva cruzada partieron a demandar de otros nobles señores de la ciudad el ansiado mecenazgo. Llamaron a infinidad de puertas, bancos (los todopoderosos "Bancoixototloquepuc" y "Lo Coixototperami") estamentos oficiales (Consistorium Valentia, Consortium Teatrorum, Consilium Cultura), y aunque en casi todos fueron recibidos por el señor, o por alguno de sus vasallos allegados a él, lo cierto es que el resultado fue tristemente escaso. El periplo se saldó con un exiguo bagaje de palabras amigables, buenas intenciones (sin ninguna promesa por su parte, claro está), risitas, apretones de mano decenas de impresos e instancias presentados en la mayoría de las oficinas de los organismos visitados Pero, a la hora de la verdad, nada de nada, ni un mísero euro Bueno, sí hubo algunos euros, pero estos fueron tan míseros, precarios e insuficientes para la empresa de publicación que los centinelas tenían previsto acometer, que no pudieron aprovecharlos. Cansados, errantes y algo faltos de estímulos por los tristes frutos obtenidos y, viendo como el año casi llegaba a su fin, decidieron volver a probar suerte por última vez, antes de abandonarse a las fauces del dragón de la Ignominia. Una pequeña delegación con apenas unas briznas de ilusión y un pellizco de fe en sus corazones, acudió a una de las audiencias concedidas tras reiteradas peticiones. Tras la entrevista mantenida en el palacio de aquel noble señor de la Diputación de Valentia, donde expusieron por enésima vez sus razones, regresaron a sus quehaceres, deseando que la respuesta que tanto ansiaban, les fuera concedida al fin, tras haber sido formalmente estudiada. Cuando, tras una corta espera, por fin llegó la noticia, estalló entre los miembros de la "TVAT" el júbilo. Sus propuestas habían sido escuchadas, se les iba a hacer entrega de las prebendas que precisaban para proseguir con su trabajo. Aquella ayuda se transformó en el faro, que con su haz de intensa, rutilante y deslumbradora luz iluminaba con toda claridad el camino que poco antes había permanecido escondido entre la ominosa penumbra. De nuevo tenían a su alcance "el faro de la gloria". Gracias. Valencia, enero de 2001 Publicado
en el Bolletí nº 18
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